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LA ROCHE-SUR-YON 2020

Crítica: Louloute

por 

- Hubert Viel mezcla con dulzura, un poco de melancolía y mucho encanto, los colores del tiempo, sacando a la superficie la infancia de la hija de una familia de agricultores

Crítica: Louloute
Laure Calamy en Louloute

“Lo que ellos no me robarán nunca, son mis recuerdos, que sólo me pertenecen a mí, y que guardo en mi corazón con una sonrisa”. Louloute, de Hubert Viel, nos invita a hacer un viaje a la infancia, a una familia de agricultores de finales de los años 80. La película se ha estrenado en la 11ª edición del Festival Internacional de La Roche-Sur-Yon, donde ha recibido el Gran Premio.

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Una vuelta a los orígenes en la encrucijada de la conmovedora ingenuidad de una niña de diez años y de su percepción de las preocupaciones de su padre, que dirige una granja lechera bajo la presión de la economía moderna. El director (cuyo singular talento se ha podido comprobar en Artémis, cœur d’artichaut y Les Filles au Moyen Age [+lee también:
tráiler
ficha del filme
]
) cuenta la historia con realismo (el universo de las salas de ordeño y de los tractores) y un toque de “magia de los cuentos ilustrados”, para que el pasado pueda “hacernos reflexionar sobre el presente”. 

De hecho, la película empieza en el presente. Una mujer duerme en un parque, una lluvia torrencial la despierta y llega tarde a dar una clase de historia sobre la democracia según Pericles. Entre tanto, Louise (Erika Sainte) ve aparecer a Dimitri, nuevo profesor del centro y su novio cuando ella tenía diez años, cuando su padre la apodaba Louloute. Se abren entonces las puertas del pasado para una serie de avances y retrocesos en el tiempo a partir del año 1988; en una granja cuyos ruidos, olores (la leche, la mantequilla, los animales, el estiércol) y acontecimientos marcaron profundamente a Louise.

Louloute (Alice Henri) vive con su padre, Jean-Jacques (el carismático Bruno Clairefond), su madre, Isabelle (la siempre excelente Laure Calamy), su hermano adolescente, Kévin (Rémi Baranger), su hermana menor, Nathalie (Hannah Castel Chiche), y su perro, Soldat. La niña se plantea muchas preguntas (“¿Por qué los pájaros tienen dos alas y no cuatro?”), ve dibujos animados, recita la historia de los Galos, recoge los huevos, hace crepes, sueña despierta en su cama y espera que Jesús le mande una señal para iluminarla. Mientras espera, cuida con amor las vacas de su querido padre, huye a la aventura en la naturaleza, vaga por los pasillos en lugar de dormir y descubre conversaciones de adultos que no le incumben y que revelan una grave situación económica, la dictadura de los grandes grupos sobre el precio de la leche, la competencia europea, el agotamiento en el trabajo…

Louloute, de una veracidad incuestionable, repleta de pequeños detalles sobre la vida familiar de una granja de hace más de treinta años (con su televisión, comidas y álbumes de fotos), es una película entrañable, que añade la fantasía de su protagonista (hasta el onirismo) en una radiografía económica y social cuyo carácter conmovedor aflora poco a poco, pero cuyos dramas quedan desenfocados. Un pudor enternecedor y una encantadora delicadeza que Hubert Viel mezcla con una gran habilidad formal (en especial, la gestión de los flashbacks y de la música de Frédéric Alvarez), bajo la apariencia de la modestia, de la simplicidad y de un presupuesto muy bajo. Una película muy bonita para no olvidar los recuerdos del pasado.  

Louloute ha sido producida por Nicolas Anthomé para bathysphère (que también gestiona las ventas internacionales) y coproducida por Artisans du Film.

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(Traducción del francés)

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