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TRIBECA 2020

Crítica: Wake Up on Mars

por 

- El primer largometraje documental de la directora suizo-albanesa Dea Gjinovci, conmovedor, original e instructivo, se centra en el entorno familiar de dos jóvenes dormidas

Crítica: Wake Up on Mars

“¿Tus padres notan la diferencia cuando tus hermanas están despiertas o dormidas?”. La cineasta suizo-albanesa Dea Gjinovci centra su primer largometraje documental, Wake Up on Mars [+lee también:
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entrevista: Dea Gjinovci
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, en una familia de refugiados kosovares gitanos que esperan su regularización en Suecia y que se enfrentan a una extraña enfermedad, el “Síndrome de Resignación”. La película se estrenó en la 19ª edición del Festival de Tribeca, que se celebra online para el jurado y profesionales acreditados.

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Estamos en Horndal, una pequeña ciudad rural petrificada por el invierno sueco, a 200 km al noroeste de Estocolmo. En el apartamento de los Demiri, reina una atmósfera de “La bella durmiente”. Las hijas mayores, Ibadeta (17 años) y Djeneta (16 años), descansan en sus camas o en sillas de ruedas, en un estado apático que los médicos comparan con una hibernación (“ellas gastan muy poca energía y su corazón late más lento”), y lo atribuyen a violentos traumas psicológicos. La vida diaria del resto  de la familia (el padre, Muhareem, la madre, Nurje y los dos hermanos, Resul y Furkan) gira en torno a las dos adolescentes, con la esperanza de que se levanten y de obtener el asilo político, ya que su solicitud ha sido rechazada dos veces.  

En un relato que recorre varias temporadas en este ambiente de tiempo suspendido, la directora (que ha escrito el guión en colaboración con Lucas Minisini) resuelve progresivamente los misterios de este extraño estado letárgico (“los primeros niños apáticos aparecieron en Suecia a principios de los 2000. Era una situación médica a la que nunca nos habíamos enfrentado”), sus causas (cuándo y cómo enfermaron Ibadeta y Djeneta: “Pensábamos que iban a morir”) y sus repercusiones sociales (“algunos creían que las niñas fingían estar enfermas y, rápidamente, la cuestión médica se transformó en política”).

Sin embargo, una de las principales virtudes de la película es que no busca caer en la tesis médica o el tema de la inmigración. Los recuerdos dolorosos de Kosovo que obligaron a los Demiri a exiliarse son evocados de forma elíptica y sugestiva (“les arrojaron piedras a la ventana, entraron con cuchillos, laceraron las paredes”). La angustiosa espera de los procedimientos administrativos para obtener un permiso de residencia definitivo marca la narración y se mezcla con la búsqueda de un futuro para la familia, pero siempre acaba centrándose en la cuestión afectiva: la esperanza de que sus dos hijas se levanten.  

Wake Up on Mars, un emotivo retrato de amor familiar, también da prioridad a Furkan, el más joven de los dos hijos, un niño simpático de diez años sumido en este entorno tan particular, en esas preocupaciones de “adultos”, pero que sigue siendo un niño de su edad, que se evade en el exterior y recupera piezas desechadas de un desguace para construir un cohete que le permita viajar al espacio y a otros planetas.   

Con una buena dosis de bellos paisajes del campo sueco y el dinamismo de Fukan para que la película respire aire fresco fuera de la casa de los Demiri, Dea Gjinovci consigue un buen primer largometraje con este documental empático, arrullado por la inmovilidad de estas protagonistas dormidas a quienes les susurra “cuando salgáis, sentiréis la brisa, el perfume de las flores, de las hojas, de la tierra, la frescura sobre vuestra piel”.

Wake Up on Mars ha sido producida por Britta Rindelaub y Jasmin Basic para la sociedad suiza Alva Film y por Sophie Faudel para la compañía parisina Mélisande Films, en asociación con Dea Gjinovci (Amok Films) y la estadounidense Heidi Fleisher. CAT&Docs gestiona las ventas internacionales.

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(Traducción del francés)

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