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CPH:DOX 2020

Crítica: Long Live Love

por 

- El tierno documental danés de Sine Skibsholt, mitad drama sobre el cáncer y mitad Las chicas Gilmore, retrata el cariño con un punto transgresor

Crítica: Long Live Love

Es difícil capturar la belleza y el insoportable dolor de la adolescencia, especialmente para aquellos que la viven de cerca. Se trata de un periodo complejo, sobre todo por su naturaleza cambiante, llena de momentos emocionantes acompañados de terribles discusiones, y con “te quieros” seguidos por ardientes promesas de odio eterno. Tal y como argumentaba el subestimado Bertrand Russell, "cuando un niño llega a la adolescencia, es muy probable que surjan conflictos entre padres e hijos, ya que estos últimos se consideran capaces de resolver sus propios problemas". Aún así, la cineasta danesa Sine Skibsholt se aventura directamente en el ojo del huracán con Long Live Love, que ha tenido su estreno mundial en la competición oficial del CPH:DOX.

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Se trata de una incursión de la que Skibsholt sale prácticamente ilesa, lo cual dice mucho sobre su habilidad como cineasta, ya que no estamos ante un tratamiento clásico de la adolescencia. La película se centra en una chica y su madre, ambas obligadas a enfrentarse no solo a sus problemas personales, sino también a la gran "C", una enfermedad que la joven Rosemarie padeció por primera vez cuando era apenas una niña. Más allá del doloroso tratamiento, Rosemarie está decidida a reconstruir su vida en una nueva escuela, donde nadie la conoce como "la niña con cáncer". Sin embargo, a medida que Rosemarie va recuperando sus fuerzas, su madre no consigue levantarse de la cama.

Parece que las dos necesitan mantener un extraño equilibrio, con una de ellas haciéndose cargo de la situación mientras la otra está convaleciente, ante la mirada del resto de la familia. Se necesitan mutuamente, pero al mismo tiempo intentan establecer su propio espacio (hasta el punto de que Rosemarie acaba echando a su madre de la cama del hospital). Es un vínculo interesante, reforzado por el hecho de que su madre la tuvo cuando era muy joven, por lo que las dos recuerdan en ocasiones a las Las chicas Gilmore.

Quizás esa sea también la razón por la que toda la película, filmada por Skibsholt como si no estuviera allí, parece tan juvenil, mezclando selfies y capturas de Instagram con vídeos caseros de la familia. Para tratarse de una historia eclipsada por una amenaza tan seria, que siempre está presente (al menos en la mente de la madre), lo cierto es que la película está cargada de optimismo y determinación. Las zapatillas de color rosa iluminan las blancas salas del hospital, en cuyas paredes podemos ver una pizarra donde Rosemarie hace anotaciones sobre sus planes futuros.

Toda la historia está narrada por la protagonista, con todo lo que eso conlleva, por lo que sería fácil imaginar Long Live Love como una larga lista de quejas (comprensibles). Sin embargo, no se trata tanto de la enfermedad de Rosemarie, sino de la relación madre-hija, y de cómo esta se desarrolla a lo largo de una serie de días clave. En cierto momento, su madre se burla de ella por cocinar llevando gafas de sol, siendo consciente de que la joven reaccionará con odio y desprecio. Y sin embargo, a pesar de todo lo que se dicen, nadie podría cuestionar el amor que se profesan. Aunque tal vez sea precisamente por eso.

Long Live Love es una producción de Helle Faber para Made in Copenhagen, que también se encarga de las ventas de la película.

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(Traducción del inglés)

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